miércoles, 16 de enero de 2013

La fotografía de Robert Adams, literatura silenciosa en el Reina Sofía

La literatura silenciosa que es la fotografía de Robert Adams no tiene colores, ni grandes tamaños, ni apenas personas. Pero son precisamente los sujetos, las personas, las que realmente brillan allí, aunque el modo en que lo hacen sea en el de la ausencia: brillan por su ausencia. Entre tanta mirada al paisaje austero del oeste americano- ese mitificado por el cine y que aquí nos resulta irreconocible-, entre tantos lugares medio deshabitados, uno no puede dejar de sospechar que lo que Adams busca en sus fotografías, la forma por la que Adams se pregunta calladamente, es precisamente la del hombre que somos, e incluso la del que deberíamos ser.

Robert Adams es un paisajista, pero lo es sin atisbos de romanticismos. El paisaje mudo y desabrido es en él el instrumento intelectual que le permite cartografiar la esperanza y la desesperanza. Topografía el suelo y detalla los terrenos buscando formas que proponer, siguiendo la consigna de ese verso de Hölderlin que afirma que vivir es defender una forma. Para ello, para defender una forma comprometida, Adams se hace arqueólogo, y desentierra, y mima y fotografía las huellas de lo humano. No es de extrañar que Adams fuese incluido entre los “nuevos topógrafos”, aquellos artistas que utilizaron el paisaje como medio para entender la condición humana. En ellos no hay concesión idealista pero sí un amor por lo humano y sus posibilidades, y con ello una interrogación por “El lugar donde vivimos” y nuestro difícil idilio con él. Él mismo dice haber empezado a fotografiar movido por aquello que contribuye a la esperanza aún encontrando en esa actividad las pruebas del dolor, haciendo de su obra un documento donde se mezcla la belleza y la tragedia y donde el misterio y las ruinas se abrazan, como dicen esas palabras de Ana Ajmátova que indagan a propósito de la miseria que roe hasta los huesos y de cómo sin embargo, entonces, hallar el modo de no desesperarse, reconociendo lo milagroso acercándose inminentemente a las sucias casas en ruinas. Adams dice obrar para documentar la apabullante belleza del mundo y su insondable misterio, aun sabiéndolo lleno de ruinas y pruebas en contra de nuestra cercanía con nosotros mismos, así como para encontrar retazos de un mundo distinto, como hicieran, dice, la palabra poética de Emily Dickinson o la pintura Edward Hopper.

Esta exposición, la primera retrospectiva del artista en España y Europa, y que inaugura la temporada del 2013 en el Reina Sofía, tiene –dice quien la comisaría- estructura de novela en la que cada sala presenta un capítulo de una literatura visual. A la sobriedad y modestia de sus imágenes – monumentos, playas, aves migratorias, chopos-, donde luce la habilidad de Adams para incluir paradojas, críticas y propuestas, el autor aporta pequeños textos –casi a veces como haikus- a modo de puntuación que entona, acentúa y hace sonar la secuencia elegantemente monótona de las fotografías, las imágenes serenas fruto de algún modo de tensión, las de un cronista americano en ocasiones cercano a un Hopper sin color buscando por esas estaciones de servicio, carreteras o casas prefabricadas. Silenciosa pero nunca pasiva, narrativa pero no épica, la fotografía de Adams busca verdad y ofrecérnosla. Recorre llanuras, estructuras comerciales y residenciales en expansión (Edén), presencia la desforestación de los estados del noroeste de la costa del Pacífico (Deshacer lo andado), y retrata océanos y aves marinas (Historias de mar, hoy) . Es casi solamente en Nuestro padres, nuestros hijos donde aparecen retratos entrañables y cotidianos de personas, pero sus vidas trascurren a la sombra de una planta de procesamiento nuclear cercana.

Adams siempre ha dedicado tiempo a editar libros fotográficos, porque entiende que el libro es el medio para hacer llegar esa verdad presente en su obra. Al servicio del compromiso cívico y social que en el artista guía su recorrido, ese corpus del que se presenta ahora un amplísima muestra (300 fotografías en blanco y negro fechadas entre 1964 y 2008, y 42 libros seleccionados en colaboración con el propio Adams), se llena de libros, textos e imágenes coherentemente realizadas a lo largo de medio siglo. La austera fotografía de Adams, narrativa, poética y extensa, valora lo que mira desde el compromiso moral que le ocupa. Mira y muestra. En silencio dicente. Ese es su principio ético. Porque vivir es defender una forma, y la de Adams, lejos de las miradas ciegas, nos convoca a ser ciudadanos.






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